Aprendiz de campesina

|   Opinion

Por: Sérvulo Velásquez (*)

 

Por el mes de mayo de 2014, Alicia Rey, una profesora universitaria pensionada y recién radicada definitivamente en Villavicencio, era una “consumidora habitual de los mercados campesinos”, como entonces le contó al Informativo Campesino, solo que no se trataba de una clienta común y corriente, sino además de una observadora atenta del proceso social que se viene desarrollando desde hace cuatro años.

Entonces señaló la importancia que tienen para el país la experiencia de producción agrícola y mercadeo emprendida por nuestros campesinos, “como alternativa a la creciente pauperización del campo y a las políticas económicas que privilegian los intereses de los grandes capitales nacionales e internacionales”; la pertinencia del diálogo entre productores y consumidores, para lograr la soberanía alimentaria; y la oportunidad de que el mercado campesino revalorice las prácticas culturales ancestrales, que se expresan a través de los alimentos, de igual manera afectadas y agredidas por las decisiones oficiales.

Exactamente un año después, en mayo de 2015, el periódico volvió a conversar con la antigua maestra de lingüística en colegios y universidades de Bogotá; y esta vez nos confesó que había decidido convertirse en aprendiz de campesina, luego de un largo y doloroso proceso de desprendimiento afectivo y físico de sus libros, pacientemente adquiridos durante sus 40 años de práctica docente. Donó algunos a bibliotecas públicas, otros se los obsequió a los amigos; y seguramente se quedó con los imprescindibles: los que uno llevaría consigo, a la isla desierta de  la vejez. Como quien dice, Alicia cerró sus libros empolvados, para abrir el gran libro de la naturaleza; y empezar una nueva lectura, ahora en clave de modelos alternativos de vida y producción.

Cuando menciona las inevitables dificultades de su nueva vida campesina, afirma que “se aprende por ensayo y error”, evocando a Jean Piaget, uno de los mentores intelectuales del Movimiento Pedagógico de los años 80 del siglo pasado, en el que participó activamente al lado de cientos de maestros, dispersos a lo largo y ancho del país.

La curtida enseñante, académica e intelectual, vinculada a la Universidad Distrital y a la Javeriana, que alguna vez pensó terminar sus días como una “viejita investigadora”, igual que la antropóloga, Virginia Gutiérrez de Pineda, optó de golpe por renunciar a su empeño de transformar la escuela, dejando esa tarea más bien a los actuales maestros; y dedicarse a aprender de los campesinos y con los campesinos los secretos de la siembra, la cosecha y la venta de productos agrícolas, cultivados mediante “una agricultura ecológica orientada al cuidado y protección de los recursos naturales”. Fue entonces cuando miró con nuevos ojos una finca, adquirida años atrás, en la vereda El Carmen, y se embarcó en la aventura de un proyecto productivo y de vida; eso sí, aclara con énfasis, “sin ánimo de acumulación y ganancia”, que a lo sumo sea autosostenible y genere empleo e ingresos para los trabajadores.

A fines de octubre volvimos a hablar con la aprendiz de campesina, y nos contó que toma cursos de empoderamiento campesino, sistemas agroforestales sucesionales y producción de licores de frutas, en el Centro Agroecológico La Cosmopolitana, durante el tiempo que le dejan libre las labores de establecer en su parcela una huerta, cuyos productos piensa vender en el Mercado Campesino, al que sigue yendo semanalmente, ya no como mera consumidora y observadora crítica, sino como futura productora.

Nos reitera, por último, con la convicción propia de la antigua activista sindical –que también lo fue- que “comer es un acto político”, subrayando así el auténtico sentido de los mercados campesinos: alternativa socioeconómica y cultural, qué duda cabe, pero también política.

(*) Pedagogo.

En Campo Castilla dirigentes de Guamal y Acacías