El buen vivir: Paradigma latinoamericano en construcción

|   Opinion

Por: Sérvulo Velásquez (*)

 

El fantasma de la crisis recorre el mundo. Crisis económica, social, ético-política, alimenticia, energética, ecológica, ambiental, climática, crisis mundial, crisis civilizatoria, crisis del futuro y del futuro de la vida sobre el planeta.

Hasta ahora caemos en cuenta en esta orilla del mundo de que buena parte de las causas de la crisis se debe a los patrones de producción, intercambio y consumo y los estilos de vida  impuestos desde hace cinco siglos, en nombre de la civilización, el progreso y el desarrollo basado en el colonialismo moderno y el neoliberalismo, que terminaron por instaurar una cultura de la destrucción y la muerte.

En tal contexto no solo es necesario sino urgente volver a preguntarse por la vida, como lo hace, entre otros, el académico, Freddy Javier Álvarez González en El Buen vivir, un paradigma anticapitalista (2011). En realidad, su pregunta inicial se convierte en varias: “¿Por qué la pregunta por la vida es tan importante hoy dentro de nuestras sociedades?  ¿Qué sucedió con la vida que el capitalismo prometió? ¿Qué tipo de vida ofrecieron y cuál es la vida garantizada? ¿Qué ha pasado con la vida que hoy tenemos necesidad de volver a pensarla y redefinirla? ¿Qué entendemos por vida? ¿Qué es vivir?”.

Es que según él “Hay muchas formas de vida que no son dignas de vivir, hay formas de vivir que generan indignación; la vida sin respeto a la naturaleza es un atentado a la vida plena, la vida individual sin sociedad es una pesadilla; la vida del desarrollo nos convirtió en subdesarrollados mentales”.

Dicen que toda crisis puede revertirse en oportunidad. No resulta extraño, entonces, que América Latina, origen del capitalismo colonial moderno, sea también el continente de la resistencia y la propuesta de alternativas  a tal sistema económico y político.

Se trata del buen vivir inspirado, en la cosmovisión ancestral de los pueblos originarios de Latinoamérica, que postula el equilibrio y la armonía del hombre consigo mismo, con la comunidad, la naturaleza y el medio ambiente, en franca contraposición al vivir mejor o el bienestar occidentales, basados en el ansia de poder, la acumulación y la ganancia económicas y el consumismo. En últimas a costa de la vida (humana, vegetal y animal).

Según la visión del mundo kichwa, común a la región Andina, existía y aún persiste en medio del exterminio y la aculturación, una ecosofía indígena arraigada en antiquísimas tradiciones, denominadas Sumak Kawsay y Suma Kamaña, traducidas como buen vivir, vivir bien, propias de Ecuador y Bolivia, revividas y apoyadas gracias a los gobiernos populares de las dos naciones. Hoy constituyen un significativo aporte a la solución de la crisis sistémica en que se debate el mundo.

En el mismo sentido habría que considerar la encíclica Laudato si, sobre el cuidado de la casa común (2015) de Francisco, el papa latinoamericano, que tantas esperanzas y controversias suscitó en su momento y sigue provocando aún: grandes utopías a favor de la vida amenazada.

Desde la Abya Yala, la tierra grande donde vivimos, emerge el paradigma biocéntrico del buen vivir como respuesta al paradigma antropocéntrico inaugurado por Aristóteles y reforzado por el judeo-cristianismo y pensadores como René Descartes y Francis Bacon, con su orgullosa pretensión de entronizar al hombre como amo y señor de la naturaleza. De sobra sabemos que las ideas y prácticas del antropocentrismo nutren la teoría del desarrollo, en crisis así mismo, y maquillado eufemísticamente para ocultarla con adjetivos sonoros: desarrollo humano, desarrollo sostenible, desarrollo incluyente, desarrollo endógeno, desarrollo alternativo…Lo cierto es que tales teorías y prácticas fueron pensadas para nosotros, pero sin nosotros, o solo con algunos de nosotros, a lo sumo, y al final se volvieron en contra de nosotros, al decir de Álvarez González.

De otra parte, la promesa de crecimiento continuo con el que se homologó el desarrollo resultó fallida a la postre, entre otras razones, porque se sustentaba en la lógica de condenar a los países subdesarrollados, calificados ahora como en vía de desarrollo, a ser meros proveedores de recursos naturales y materias primas, mientras las naciones desarrolladas se arrogaban el privilegio de exportar artículos manufacturados, tecnología y capitales de inversión, orientados al desarrollo de industrias básicas y servicios.

Sabido es además que geopolíticamente la división internacional del trabajo, entre países centrales y países periféricos, ha sometido a estos últimos a la maldición de la industria extractiva (locomotora minero-energética), y a cargar con las terribles consecuencias medioambientales y sociales del daño a los ecosistemas, mientras el capital financiero hace su agosto a costa de las débiles economías nacionales.

Súmese a todo esto, la imposición de asimétricos tratados de libre comercio, con la consiguiente ruina de los mercados internos, la agricultura y la industria locales, y se tendrá una visión aproximada de la crisis social y ambiental de un modelo económico insostenible.

Por lo demás, en el hipotético caso de que los países del sur lograsen los indicadores económicos del norte, el planeta entero colapsaría. En tales circunstancias, la receta no puede ser ya el desarrollo alternativo, sino más bien buscar alternativas al desarrollo. El buen vivir es una de ellas.

En la encrucijada de una nueva era geológica, El Antropoceno, a la que condujo a la humanidad, para bien o para mal, el paradigma antropocéntrico, cobra inmenso valor la admonición de otro colombiano, el historiador, Jorge Orlando Melo, en el libro reciente (Historia mínima de Colombia, 2017): “La geografía seguirá pesando en forma de sequías o lluvias más extremas, desaparición de los glaciares de alta montaña, elevación del nivel del mar, reducción del tamaño de las selvas, costo de la producción de energía derivada de fósiles o agua, el sol, o el viento. Pero, como en el pasado, lo decisivo  será la respuesta de la población, la forma en que, usando los recursos y técnicas disponibles, se adapte a las condiciones geográficas, producidas en gran parte por la acción humana misma”.

Otro mundo es posible, pues, y está prefigurándose aquí y ahora.

(*) Escritor independiente

Temporada 2018 del gran musical del llano colombiano, Vive Zaperoco con la obra: El Silbón