Incumplidores pero felices

|   Opinion

Por: Sérvulo Velásquez (*)

 

Comentarios a un libro que ayuda a comprender por qué somos como somos: conservadores montunos unos, liberales radicales otros; felices a pesar de las adversidades a juzgar por las encuestas; e incumplidores todos casi siempre. 

 Indignado por el incumplimiento de las normas legales que deben regular a los copropietarios del conjunto residencial donde vivo: asistencia a reuniones, cancelación de cuotas de sostenimiento, uso de las áreas comunes, manejo adecuado de las mascotas y buenas relaciones de vecindad, acudí, a una colega, amiga y residente del mismo conjunto, Código Nacional de Policía, en mano, a fin de que hiciéramos causa común frente a los abusos de que éramos víctimas, exigiendo la observancia de la ley.

Mi amiga me escuchó; estuvo de acuerdo conmigo; pero me invitó a pensar mejor en las causas de la anomia contra la que hemos logrado muy poco durante los veinticinco años de vida de nuestra agrupación de vivienda. Me prestó un libro que me ayudaría a entender por qué algunos de los copropietarios - no todos- infringen reglamentos y manuales de convivencia.

Debo a esa circunstancia el conocimiento de la obra El orden de la libertad de Mauricio García Villegas, que he leído y releído en estos días anteriores a la primera vuelta de las elecciones presidenciales (2018-2022), en busca de claves para entender las razones profundas del ser, el pensar y el actuar del colombiano, que no pueden reducirse por supuesto tan solo al incumplimiento atávico y sistemático de la norma (legal, moral y social).

Según el autor, existe en nuestro país (y en Latinoamérica) una especie de cultura del incumplimiento de las normas: de tránsito, respeto del espacio público y los recursos públicos, pago de impuestos, regulación de la convivencia ciudadana. Sin hablar de la costumbre de no acudir o llegar tarde a las citas y de colarse en las filas.

Como científico social que es, García Villegas no se limita a la mera descripción del incumplimiento, sino que se esfuerza por explicar sus causas, condiciones y consecuencias, echando mano de la historia y la impronta cultural de esta en la formación de nuestro carácter individual y social.

El dicho “El que reza y peca empata” sirve para evidenciar la “ética del perdón” católica, traída por los españoles y afianzada como uno de los sustratos religiosos de nuestro orden jurídico -pese a la separación de la iglesia y el estado- propensa a facilitar el quite a la ley, en medio de esa confusión, muy nuestra, del pecado y el delito y de la carencia de una moral laica.

En un contexto no ya religioso sino secular, hay otro dicho de la herencia española que justifica así mismo el desacato de las normas: “Se obedece pero no se cumple”, argucia con la que conquistadores y encomenderos se las arreglaron para desobedecer las leyes de la Corona española que favorecían a la población indígena. “La ley es para los de ruana”, “Hecha la ley, hecha la trampa”, son apenas dos maneras más de expresar el menosprecio por la legalidad, en un país paradójicamente aquejado de “enfermedad legislativa”, según el poeta, Carlos Castro Saavedra, que pretende resolver sus problemas con más leyes.

Desde otro punto de vista, conviene subrayar que en la conquista y la colonización hispánicas coincidieron el espíritu de hidalguía y cierto sentido épico de la vida, fraguados en ocho siglos de guerra contra los árabes, con la picaresca y la alcahuetería puestas de presente en la literatura del Siglo de Oro: Don Quijote, El Lazarillo de Tormes y la Celestina, esa mezcla cultural que aún pervive en nuestra identidad, en sincretismo con la malicia atribuida a los indígenas y la condición taimada del mestizo, desarrolladas como mecanismos de defensa frente a los abusos de poder de los invasores peninsulares.

La expulsión de estos con las guerras de independencia no significó el fin de tales rasgos de la personalidad ni tampoco el término definitivo de la marca cultural de las instituciones españolas, derivados de su manera de concebir el derecho y el estado, para bien o para mal. La época republicana, con las guerras civiles, la violencia, las mafias, el narcotráfico, el consumismo, el relativismo moral de la posmodernidad, el neoliberalismo y la precariedad del estado y las instituciones contribuirían al afianzamiento de la cultura del incumplimiento de las normas.

García Villegas, en su obra, establece una acertada tipología de los personajes incumplidores: el vivo lo hace por conveniencia e interés; el rebelde porque considera que las leyes son injustas e ilegítimas; el arrogante por creerse superior a ellas; y el desamparado porque la necesidad no tiene ley. Le toca.

Ahora bien, la solución del problema está en la contraposición a la cultura del incumplimiento de la cultura ciudadana, cimentada en una moral cívica con base en unos principios éticos mínimos: respeto, confianza, reciprocidad, control y autocontrol, difundidos a través de la educación, sobre todo la pública.

Ello implica, desde luego, restricciones a la idea de libertad sin cortapisas; al espejismo de la “libertad sin orden”, que en el país se ha opuesto al extremo igualmente nocivo y trágico del “orden sin libertad”, que tanto entusiasma a los partidarios de la restauración religiosa y política de la ultraderecha y sus éticas maximalistas. Es lo que el autor ha denominado, de manera provocadora, El orden de la libertad.

 De acuerdo con el autor, se trata de una defensa progresista de principios como el orden, la seguridad, el control y la moral, de los que se apropiaron los conservadores y a los que renunciaron los liberales y la izquierda democrática, para mal de toda la nación en cuyo escudo aún refulge el lema Libertad y Orden de sus fundadores.

Ante la anomia social, tan arraigada en todos los ámbitos de la vida de los colombianos, este libro me ha ayudado a comprender por qué somos como somos: conservadores montunos unos, liberales radicales otros; felices a pesar de las adversidades a juzgar por las encuestas; e incumplidores todos casi siempre.

(*) Escritor independiente.

Temporada 2018 del gran musical del llano colombiano, Vive Zaperoco con la obra: El Silbón