La vejez

|   Opinion

Por: Jaime Eduardo Espinel Riveros (*)

 

Esta columna tendrá su nacimiento después de las elecciones del domingo. Espero que todos hayan votado bien y que haya sido por mi candidato.

Qué tal si volvemos a temas importantes como el de la vejez, condición a la cual uno llega poco a poco y cumpliendo solamente un requisito: “No haber muerto en el proceso”.

A mis casi 76 años me siento con toda autoridad de escribir algunas notas sobre el tema, y proponer algunos puntos que espero no sean del gusto de todo el mundo. Provocar discusión es una manera de diversión que generalmente se alegra con unos amigos y con un vino.

Por ejemplo hablemos del famoso concepto de experiencia, concepto que hace que los viejitos saquemos pecho y cuando hablamos con gente joven nos salga en tono de sermón, de sabor a verdad revelada, a idea indiscutible.

Tuvo y tiene su uso en sociedades que no evolucionan o que evolucionan muy lentamente, cuando la sabiduría con su diario vivir era posible transmitirla a las nuevas generaciones porque las situaciones eran las mismas a lo largo de los años.

Hoy en día hay situaciones nuevas que obligan a que las soluciones sean originales; que a veces la experiencia con su carga de vejez solo sirva para mostrar caminos que ya no son.

Para dárnoslas de viejos no aprendemos el manejo de un celular, técnicas de WhatsApp, entrar a Netflix en televisores inteligentes, etc., etc., hábitos de innovación que perfectamente tenemos a nuestra edad la capacidad de aprenderlos, claro que es necesario encontrar un joven que tenga paciencia, no solamente nos dibuje con plastilina estos milagros, sino también para que la segunda vez no se desespere y nos refiera a un manual que no vamos a entender.

Una de las cosas que me tiene mamado es la memoria larga. Esta memoria es una habilidad que desarrollamos en la edad avanzada, y se refiere a que somos capaces de recordar detalles y pasajes de nuestra niñez, adolescencia y juventud, etc., etc.

He tratado de que solo se me vengan a la cabeza memorias agradables como el primer beso, primera vez que toqué una piel femenina con una nueva sensación, canciones que nos hacían enternecer y bailar como Reloj, Pachito eché, El camarón que se lo lleva la corriente y otras muchas.

El problema es que se atraviesan recuerdos desagradables como las embarradas y dolores que les dimos a nuestros padres, osos que hacíamos cuando aspirábamos a sentir los labios de una chica, rechazos amorosos que sufríamos a cada rato, es decir, recuerdos que se nos ocurren para jodernos.

La memoria también tiene sus problemas, sobre todo los miedos, el temor permanente de que se nos olvida donde pusimos las llaves del carro, o no encontramos el celular, olvidamos el nombre de alguien con quien tratamos permanentemente, se convierten en síntomas de un Alzaimer que nos  aterra, sobre todo cuando vemos ejemplos de nuestros contemporáneos que comienzan, o están sufriendo esa enfermedad.

Claro que cuando acudimos a alguna persona que entiende de estos temas, nos aclara que no es la tan temida enfermedad, sino que tenemos el disco duro demasiado lleno.

Hay más sobre este tema, sin embargo el dueño de este negocio, Edgar Aroca, me autorizó a escribir todo lo largo que quisiera porque al ser un periódico virtual, no había problema de espacio, pero también me hizo la aclaración que hoy en día nadie lee más de página y media, por eso les van estos pedacitos.

(*) Especialista en oficios varios.

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