¿Libro impreso o libro digital?

Created by Por: Sérvulo Velásquez (*) | |   Opinion

 

La realización de la 31ª Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo) entre el 17 de abril y el 2 de mayo, es una oportunidad para reflexionar sobre temas como la lectura, el libro y los lectores, más allá del número de asistentes, autores, novedades, ventas y estadísticas de hábitos de lectura.

Según la Encuesta Nacional de Lectura del DANE (2017), los villavicenses leen 2,8 libros al año.

Las ideas que expondré las he venido proponiendo desde hace varios años, en cátedras universitarias, conferencias, entrevistas y artículos de prensa, con el propósito de contribuir a la necesaria discusión sobre el pasado, presente y futuro de ese medio de creación, conservación y difusión de la cultura que es el libro.

Comienzo, pues, por repetir mi afirmación de que el debate acerca del triunfo del libro electrónico sobre el libro físico resulta bizantino, y más aún si se plantea en términos de la lógica binaria: o uno u otro.

Con razón dijo, Édgar Morin, que nuestros modelos mentales obedecen, entre otras causas, a la modificación ocasionada por la disyunción, una de las características del paradigma de la simplificación.

El bizantinismo de la falsa disyuntiva, libro impreso o libro digital, en la que predominan los intereses del mercado sobre los del conocimiento, por una parte, y de otra los puntos de vista divergentes de tecnófilos y tecnófobos, unos y otros exacerbados por los dueños de la industria cultural, elude el quid del asunto: la lectura y los lectores, y lo instrumentaliza al hacer énfasis en el soporte o medio, en detrimento de los sujetos, sus motivaciones y propósitos.

Por esas razones prefiero la visión conjuntiva: libro impreso y libro digital.

Quienes decretan la muerte inexorable del libro de papel y celebran anticipadamente la gloriosa epifanía del libro en bytes, olvidan la razón de ser de los dos: la lectura en épocas en que abundan los libros y escasean los lectores. Lo mismo les sucede a los que se aferran de manera nostálgica a sus tesoros bibliográficos de la era Gutenberg, en plena era Steve Jobs o Bill Gates.

A los últimos habría que advertirles con cariño que todo tiempo pasado fue peor. Es preferible leer a nuestros autores predilectos en las pantallas de los computadores, celulares y tabletas, que en tablas de arcilla babilónicas, rollos de papiro o de pergamino, códices medievales, manuscritos benedictinos o incunables.

Además los libros de papel arden con mucha facilidad en las hogueras del fanatismo, encendidas por los inquisidores de todos los tiempos y pelambres. Por el contrario, los cifrados en bytes son incombustibles como las ideas, así que la única amenaza serían los hackers, si les da por convertirse también en policías del pensamiento.

Nicholas Negroponte, en Ser digital (1995), estableció, así mismo, la diferencia entre el peso en kilogramos y en bites, con relación al transporte y al espacio ocupado por unos y otros, en una clara defensa de las ventajas del soporte digital sobre el físico.

Y ahora sí, paciente lector o lectora, si aún me sigue en la pantalla de su computador, tableta o celular, unas breves consideraciones acerca de la lectura y de los lectores, entresacadas de obras de cuatro grandes escritores, que para serlo, tuvieron que quemarse las pestañas –literalmente- leyendo.

El primero es Michel de Montaigne: “Si se me quiere seducir, no hay más que ofrecerme un libro”, dijo el señor de Périgord e inauguró, a mi modo de ver, la teoría de la lectura como seducción, placer más que deber, disfrute en fin en este viaje humano.

Le sigue otro francés: Jean Paul Sartre en Las Palabras. Para el filósofo la lectura es aventura intelectual: “Nunca he arañado la tierra ni buscado nidos, no he hecho herbarios ni tirado piedras a los pájaros. Pero los libros fueron mis pájaros y mis nidos, mis animales domésticos, mi establo y mi campo…yo me lancé a unas aventuras increíbles…”.

Frente a la trivialización del acto de leer a través de best sellers y libritos de autoayuda, planteó el filósofo colombiano, Estanislao Zuleta: “Leer no es recibir, consumir, adquirir. Leer es trabajar”. Producir, en otras palabras.

Y por último - ¡Cómo no! - Jorge Luis Borges: “De todos los instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista, el teléfono es extensión de la voz. Luego tenemos el arado y la espada, extensiones del brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y la imaginación”.

Para que la lectura cumpla su función cultural de seducción, aventura del pensamiento, producción intelectual y prolongación de la memoria y la imaginación, en tiempos de amnesia colectiva y de frío pragmatismo, se hace necesario formar a los lectores, comenzando por su alfabetización en las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. A distancia por igual de los extremos del optimismo exagerado de la tecnofilia y del pesimismo incurable de la tecnofobia.

A una pedagogía de la lectura, respetuosa del justo medio, corresponde la urgente tarea de suscitar en todos: niños, jóvenes, adultos y ancianos, una actitud lectora interpretativa, interrogativa, crítica y creadora, frente a la vida, la realidad y el mundo. Lo de menos es que se haga a través del libro electrónico o del libro impreso.

De manera intencional he escrito “actitud lectora” en lugar de “competencia lectora” según está de moda actualmente en clases de lengua y literatura, dictadas por maestros y profesores, bien intencionados pero despistados, en su estéril afán de enseñar a leer, sin caer en la cuenta de que una cosa es querer leer y otra muy diferentes poder leer, y sobre todo saber leer.

Y ahí sí, como diría el pedagogo español, Rafael Porlán: “Querer no es poder, hace falta saber”.

Nota: Lo dicho antes se aplica también a periódicos, revistas y otros medios escritos.

(*) Escritor independiente.

Temporada 2018 del gran musical del llano colombiano, Vive Zaperoco con la obra: El Silbón