Salto al vacío

|   Opinion

Por: Sérvulo Velásquez (*)

 

En ciertas encrucijadas en la historia de los pueblos hay que tomar partido por una u otra opción, dada la agudización insoluble de las contradicciones. Los resultados de la elección presidencial del 27 de mayo pusieron a los colombianos a optar entre Gustavo Petro e Iván Duque: entre dos proyectos políticos diametralmente opuestos, entre dos visiones de país antinómicas también.

El síndrome de los murciélagos

Por estos días intermedios entre la primera y la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, he recordado una antigua fábula oriental que trata de una guerra entre los pájaros y los ratones. Los dos bandos en disputa acudieron en su búsqueda de aliados, y con buenas razones además, a los murciélagos; pero cuenta la historia que estos no quisieron apoyar a ningún partido, amparados en la aparente ventaja de su doble condición de pájaros y roedores. La guerra fue encarnizada, y los que salieron peor librados fueron los murciélagos: los pájaros los atacaron por su semejanza con los ratones, y estos por su parecido con los pájaros.

Si alguna enseñanza se puede derivar de la estrategia de los murciélagos es la de que en ciertas encrucijadas en la historia de los pueblos, hay que tomar partido por una u otra opción, dada la agudización insoluble de las contradicciones.

Los resultados de la elección presidencial del 27 de mayo pusieron a los colombianos a optar entre Gustavo Petro e Iván Duque, el próximo 17 de junio: entre dos proyectos políticos diametralmente opuestos.

Imposibles lógicos, factuales y éticos

Así las cosas, no caben ni lógica ni factual ni éticamente, las cómodas posiciones tibias de los que se obstinan en un centro inviable en este momento, de los que no quieren ser ni chicha ni limoná, de los ni-ni, abanderados ahora del voto en blanco, que es una invitación a dar un salto al vacío. Posturas respetables todas pero no compartibles.

Durante estas tres semanas previas a la segunda vuelta del 17 de junio, he estado pensando un poco heterodoxamente, en si la lógica formal de Aristóteles, cuestionable por sus inconsistencias y sus consecuencias en la forma de pensar, no tendría razón en aquello del principio del tercero excluido, en la imposibilidad de la tercera vía, siempre en la coyuntura de la política colombiana actual.

A juzgar por las exigencias de la lógica, aun con los reparos anteriormente hechos, toca escoger entre Gustavo Petro e Iván Duque: entre dos visiones de país, también antinómicas, entre el conservadurismo cerrero de Uribe, el rey detrás del duque, y el progresismo de la Colombia Humana de su opositor.

Además en términos prácticos, la opción del voto en blanco, así este fuera mayoritario, no conlleva efectos como la repetición de las elecciones, por mandato de la ley. De manera que su valor sería a lo sumo simbólico, en una sociedad urgida de señales claras e inequívocas del rumbo que ha de seguir, por parte de sus dirigentes.

Para quienes, con base en una ética ciudadana, pensamos que el actual sistema capitalista y su modelo económico, defendidos por el uribismo, son inmorales por inequitativos, injustos, corruptos e irresponsables con las presentes y futuras generaciones, resulta éticamente inadmisible plegarnos, por acción o por omisión, a quien lo encarna, defiende y fortalecerá en un eventual gobierno de 2018 a 2022.

Ojalá que el pueblo sea superior a sus dirigentes

Para nadie es un secreto que Colombia requiere con urgencia reformas estructurales largamente aplazadas, de orden económico, político y social, que le permitan superar la historia de un país que ha oscilado entre la guerra y la paz, la pobreza y el bienestar, el autoritarismo y la democracia, como ha escrito recientemente el historiador, Jorge Orlando Melo.

Pero eso solo será posible si el pueblo es superior a sus dirigentes según dijo en su momento Jorge Eliécer Gaitán; y a despecho de las élites convencionales de poder (políticos tradicionales, grandes empresarios y medios de comunicación de masas), decide no dar el salto al vacío a que lo convocan algunos, por rencores del pasado, conveniencia personal o, cálculos de réditos políticos en el corto o mediano plazo o lo que sea, y le apuesta – por el contrario- al futuro que no es el por-venir sino el por-hacer, según creía el  jesuita, Pierre Teilhard de Chardin.

La guerra o la paz

En última instancia lo que Colombia se jugará el próximo domingo 17 de junio es el viejo dilema de la paz o la guerra, condición sine qua non de la agenda reformista que debe emprender, si quiere llegar a ser de veras un país democrático, igualitario, justo, decente; con desarrollo económico próspero, redistributivo del ingreso nacional, incluyente y responsable con el medio ambiente y unas nuevas ciudadanías (jóvenes, ambientalistas, defensores de los animales, artistas, comunidades LGTBI, indígenas, afrodescendientes, campesinos) que honren el carácter de país biodiverso, multiétnico y pluricultural, regido por un Estado laico, legítimo y eficaz , en el marco de una nueva institucionalidad.

Por todo lo escrito concluyo diciendo que es preferible la paz imperfecta del padre, Francisco de Roux, a la guerra perfecta de Álvaro Uribe, quien de llegar otra vez a la jefatura del Estado en cuerpo ajeno, no solo haría trizas el acuerdo de paz con las FARC y las negociaciones con el ELN, sino la misma Constitución Política de 1991: todo un tratado de paz, a pesar de sus limitaciones y de los muchos embates contrarreformistas de que ha sido objeto en sus 27 años de existencia.

Nota: Es la primera vez en mi ya largo tiempo como columnista de opinión que expreso de manera explícita mi intención de voto. Lo hago por la circunstancia de que hoy más que nunca es un imperativo ético-político abandonar la cómoda ambigüedad de los murciélagos de la fábula y tomar partido, a riesgo de ser cómplice, de no hacerlo, de la perpetuación de la gran tragedia histórica de la nación colombiana: la guerra o las guerras porque hay más de una como se sabe.

(*) Escritor independiente.

Temporada 2018 del gran musical del llano colombiano, Vive Zaperoco con la obra: El Silbón