Villavicencio: Una ciudad de orígenes confusos

|   Opinion

Por: Sérvulo Erasmo Velásquez (*)

Villavicencio no es solo bella como dice su himno, es también veleidosa: cambió de nombre; su edad es incierta y celebra el cumpleaños en fechas diferentes.

Villavo la bella, es además, ardiente, bulliciosa y paciente, como escribió alguna vez el poeta, Julio Daniel Chaparro.

Mención especial merece la paciencia de los villavicenses que nos permite, entre otras afugias de vieja data, soportar el mal gobierno de la ciudad y la actual politiquería asfixiante, como medio de acceso al poder y perpetuación en él. Me referiré, más bien, a un atributo, muchas veces asociado a la belleza: la veleidad.

Con nombre de mujer

Villavicencio la veleidosa se quita o aumenta años de vida, a conveniencia. Además incurrió en el capricho de cambiar su nombre plebeyo Gramalote por el aristocrático de Villavicencio, en honor al prócer de la independencia Antonio de Villavicencio y Verástegui, sin que se sepa exactamente porqué. Presume además de ser la Puerta del Llano, ahí sí con buenos motivos.

De otra parte, me gusta pensar la vieja ciudad de los comuneros de Apiay y los colonos del oriente de Cundinamarca, como ese cruce de caminos que ha sido siempre.

El primer centenario

La ciudad decidió conmemorar sus primeros 100 años de vida el 20 de diciembre de 1942, sobre todo a instancias del párroco de la época, padre Mauricio Dières Monplaisir. Los villavicenses no solo pacientes, sino también ingenuos, crédulos y confiados, adoptamos el año de 1842 como el de la fundación. Tal certeza nos acompañó casi 9 lustros, hasta que en 1986 las autoridades de la época determinaron que no había tal: que tan magno acontecimiento había acaecido en 1840.

En consecuencia, el sesquicentenario de Villavicencio debería celebrarse el 6 de abril de 1990.

Entre tanto no faltó el acucioso investigador que desempolvara una ordenanza de la Cámara Provincial de Bogotá –la número 106- , fechada el 21 de octubre de 1850, mediante la cual el corregimiento de Gramalote se erigió en Distrito Parroquial de Villavicencio, sin que el documento explicara la razón del nuevo nombre.

Así las cosas, la efemérides fundacional de la ciudad podría datar de esa fecha, y por lo tanto convendría aplazar los festejos de los 150 años para el 21 de octubre del año 2000.

Y por si fuera poco, a algunos académicos les dio por sostener la polémica tesis de que la antigua Gramalote, hoy Villavicencio, era el resultado de procesos de colonización espontánea, procedentes del oriente de Cundinamarca. Vana pretensión era entonces devanarse los sesos buscando actas de fundación, partidas de bautismo, árboles genealógicos y blasones inexistentes.

¡Oh confusión, oh caos!

Los primeros meses de aquel ya lejano 1990 transcurrieron en medio de enconados debates alrededor del origen histórico de la capital del Meta, tal cual lo registra la prensa de la época y lo recuerdan las viejas generaciones. No obstante, tanto la tradición y los manuales escolares como las páginas web, señalan desde entonces la fecha oficial de la fundación de Villavicencio: 6 de abril de 1840, sin que se sepa exactamente con base en qué razón.

Han transcurrido 28 largos años, desde esa época. Villavo la bella y veleidosa ha continuado su proceso de transformación de pueblo de frontera en ciudad capital, según anota la historiadora, Jane Rausch. Apenas algunos memoriosos evocamos la crónica fundacional de la vieja Gramalote y sus primitivos pobladores: hombres y mujeres humildes, y en la mayoría de los casos, anónimos y olvidados.

Gramalote: un caño con historia

Por fortuna, del incendio que arrasó a Villavicencio en 1890, se salvó la memoria vaga y difusa de una posada situada a orillas del caño Gramalote –convertido hoy en cloaca igual que otros caños de la ciudad- en donde encontraban cobijo, agua, pastos y alimento, las puntas de ganado provenientes de los Llanos de San Martín, y quienes las conducían, con destino a Bogotá.

Hasta allí comenzaron a arribar en la primera mitad del siglo XIX hombres y mujeres procedentes de Quetame, Fosca y Cáqueza (Cundinamarca), con ánimo de probar fortuna. No traían consigo pergaminos, ni títulos nobiliarios, ni escudos de armas, sino hachas, azadones y machetes.

Ignoraban que estaban fundando un pueblo, que con el correr de los años llegaría a ser ciudad, con heráldica y todo (himno, escudo y bandera), pese a sus dudosos orígenes. Un día la posteridad recordaría sus nombres: Esteban Aguirre, Matea Fernández, Libardo Hernández, Silvestre Velásquez y Francisco Ardila.

Pero al lado de estos honrados colonos llegaron otros que no lo eran tanto: desertores del Ejército, convictos fugitivos de las cárceles, deudores insolventes y aventureros, de igual manera dignos de figurar en los anales que exaltan la memoria de los fundadores, en este 176 o 178 aniversario, de acuerdo con los datos que se acojan.

En honor a Santander, pero con estatua de Bolívar

 Y como ejemplo de veleidades, mención especial merece, por último, el caso del actual parque Los Libertadores que en los años 30 del siglo pasado, se llamaba plaza Sucre, y era eso: la plaza de mercado de la pequeña y apacible capital intendencial del Meta.

Después pasó a denominarse parque Santander, ¡Pero con la estatua de Bolívar! En acto tardío de justicia con la historia deberían erigir en el lugar, también el busto del Gran Mariscal de Ayacucho. Aunque bien miradas las cosas, es mejor dejar solos a los 2 próceres de siempre, porque de pronto la nueva obra se convierte en pretexto para otro desfalco del erario: provenimos de Cundinamarca, no de Dinamarca.

Glosas al margen

A los aficionados a la literatura, nos gusta recordar –además- que por aquí pasaron 2 amantes fugitivos: Arturo Cova y Alicia, a comienzos del siglo XX, en su vorágine hacia el llano y la selva que los devoraría. Con la alusión a ese hecho, Villavicencio fue conocida por primera vez a escala mundial; la segunda sería con ocasión de la visita del papa Francisco, el 8 de septiembre de 2017.

(*) Escritor independiente.

Documental: Cantos de vaquería viven en el Meta