El altruismo ha muerto

|   Opinión

La Tabla. Por: Néstor Restrepo Roldán (*)

 

Tengo la facultad de recordar perfectamente el estilo de vida que existía y ha existido en Villavicencio desde la década del 50, cuando a esta urbe la conformaban los “lotes” Santa Inés, Villa Julia, Emporio, La Grama, Triunfo y Barzal, cuando personalidades de la época, en su mayoría ganaderos y comerciantes, demostraban su generosidad o amor al género humano a través de su filantropía para “dar la mano”, como se decía, para el bien de la ciudadanía o simplemente favorecimiento de la comunidad.

Recuerdo con mucho agrado personajes como Víctor Machado, Ramón Eslava, Leopoldo Lomónaco, doña Mercedes “Pepa” de Mejía, Manuel Calle Lombana, Marcos Melo, Constantino Barrera, Fernando Ruiz, Eduardo Espinel, Rubén Arango, Isidro Chingaté, Luis Eduardo Caicedo, Adolfo Londoño, Severo Chaparro y mi padre, Néstor Restrepo Echeverry (Seguramente existen más que lamentablemente no recuerdo en este momento).

En una sentada en el Café América de don Gustavo Virviescas o en el Café de Félix, arreglaban sin aspavientos ni protagonismos, cualquier problema que existiera de orden humanitario, comenzando con apoyos importantes para la dotación del Hospital Monfort, la construcción y dotación de iglesias, la fundación del Cuerpo de Bomberos Voluntarios, la creación de la Acción Católica de Señoras, creación del Hogar del Niño, del Hogar de la Joven y unos años más tarde, del Hogar San Camilo, etc., etc.

Bien lo dice don Ciro Bautista Villamizar en sus notas, Visiones de Colombia (1942), y refiriéndose a Villavicencio, anotó:

“Después de que el caballero, Esteban Aguirre escogiera el sitio para sus primeras fundaciones que más tarde vinieran a ser predios de los Murcia Garavito, Gómez Arciniegas, Jara, Rojas Ortega, Hernández, Fernández y otros, a la villa embrionaria, cabe el magnánimo esfuerzo de sus hijos y de sus moradores a transformarse en la ciudad intendencial…”.

En esa época éramos 20.000 habitantes, hoy cuando la cifra rebasa los 500.000, ya no se ve ni  se siente el cuidado desinteresado hacia el bien ajeno y más bien prevalece el individualismo egoísta, lo que me hace escribir que el altruismo ha muerto.

No sé cuánto nos llegue a costar la falta de esta doctrina ética, porque son muchas las necesidades que aún están desatendidas, y todos estos eslabones que hacen que se conforme la cadena de la abnegación, de la generosidad, del desprendimiento, de la beneficencia, va a frenar en un momento gravísimo cuando se oculte también la solidaridad.

No olvidemos al francés, Auguste Comte, el de la filosofía positiva, quien manifestó que “El hombre alterna entre los instintos egoístas o personales (interés y ambición) y los altruistas (afección, veneración y humanidad o simpatía), que van predominando sobre aquellos mediante la educación y la ciencia hasta dar lugar a la moralidad”.

Yo quisiera que de una manera serena, sincera, real y equilibrada, analizáramos la situación que hoy vivimos y viéramos los riesgos y peligros que se atisban para una época llamada de postconflicto, en la que el desinterés hacia el materialismo debe primar y la abnegación y la caridad deben estar en la vanguardia de los acontecimientos; sin ellas y con tanto desequilibrio y desnivel económico y social, no habrá paz.

Quiero con este comentario dejar sentada una posición con cierto tinte de alarmismo porque me impresiona sobremanera la situación del momento que se vive, con la pérdida de valores y la carencia de virtudes, sabiendo que nada de esto se consigue en los hipermercados que hoy invaden de cierta forma la nueva ciudad.

Que sea éste, una especie de clamor hacia los que tienen la obligación de dirigir. Guiemos la educación con otros fines y hacia otros horizontes, aprovechemos los avances de la ciencia para generar razón y compromiso. El modelo actual exige cambios y hay que hacerlos.

(*) Dirigente cívico.

 

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