Héroes sin charreteras (II)

|   Opinion

Por: Sérvulo Velásquez (*)

 

En Colombia los héroes sí existen. Sólo que los verdaderos —desprovistos de charreteras, estatuas y mención en los textos escolares—  son bien diferentes a los que muestra a diario la TV, comprometidos con la comisión de  falsos positivos y la aceptación de sobornos de empresas extranjeras, a cambio de la aprobación de compras de buques guardacostas para la Armada Nacional. (Primer semestre de 2010)

No es a esta clase de héroes cuyas hazañas les permiten puntear en las encuestas sobre preferencias electorales, a los  que me voy a referir en la presente columna a propósito de los inicios del Bicentenario de la Independencia (2010-2019), sino a los héroes de ruana y alpargatas, cuyo concurso en las grandes gestas se soslaya.

29 años después de la frustrada Revolución de los Comuneros sucedieron en la capital los acontecimientos del 20 de julio de 1810, en los que las masas o las turbas santafereñas dirigidas por el prócer, José María Carbonell, jugaron el papel decisivo casi siempre ignorado por la historia oficial.

Los hechos acaecidos ese día, y los siguientes, pondrían nuevamente de relieve la contraposición de los intereses de la  aristocracia criolla representada por José Acevedo y Gómez. Camilo Torres y demás prohombres, auténticos hidalgos castellanos, y los de las multitudes de artesanos, indios, mulatos, mestizos pobres y estudiantes de los colegios de San Bartolomé y El Rosario, congregados por Carbonell en los arrabales de San Victorino, Las Cruces, Belén y Egipto.

Mientras los primeros, animados sólo por sus apetitos burocráticos y mercantiles, solicitaban una Junta de Notables, Junta Suprema, luego, frente a la repercusión de la crisis de la corona española en sus colonias, los segundos, los chisperos de la revolución, impulsados por su anhelo de luchar contra la opresión y la explotación de que eran víctimas, reclamaban cabildo abierto y constituían la Junta Popular Revolucionaria en San Victorino.

Presidida por Carbonell desde su organización el 22 de julio, esta Junta mantuvo al pueblo de Santa Fe en manifestación permanente hasta lograr el 13 de agosto la prisión del virrey Amar y Borbón y su esposa, quienes serían liberados un día después por los criollos que además les permitieron abandonar sigilosamente la capital.

El heroísmo de los criollos no paró ahí. Su junta suprema prohibió las manifestaciones populares y las reuniones de la Junta Popular Revolucionaria de San Victorino; condujo a la prisión a José María Carbonell y a otros dos dirigentes destacados: Joaquín Eduardo Pontón y Manuel García.

Pocos años después, Pablo Morillo, diría por su parte:

José María Carbonell fue el primer presidente de la junta tumultuaria que se formó en esta capital, quien puso los grillos al excelentísimo señor Virrey Amar, y lo condujo a la cárcel; el principal autor y cabeza del motín, el que sedujo a las revendedoras y la plebe para insultar a la señora Virreina cuando la pasaban de la Enseñanza a la Casa del Divorcio, Ministro principal del Tesoro Público; acérrimo perseguidor de los españoles americanos y europeos que defendían al Rey, y uno de los hombres más perversos y crueles que se han señalado entre los traidores”.

Finalmente como era de esperarse, Carbonell, el verdadero tribuno del pueblo, en la tarde / noche del 20 de julio de 1810 y días posteriores, fue ahorcado por los españoles en la Huerta de Jaime en Bogotá el 19 de junio de 1816.

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(*) Pedagogo.

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