Cuando los amigos se van

|   Opinion

Por: Jaime Eduardo Espinel Riveros (*)

 

Alguien decía que la diferencia entre amigos y familia, es que la familia, sin importar circunstancias, siempre será una pertenencia; en cambio los amigos son una construcción, una escogencia mutua, entre las muchas posibilidades que diariamente se ofrecen en el caminar por la vida.

Los hijos, los hermanos, los padres, siempre estarán ahí, no importa que sean familias a medias, que haya envidias, que haya odios, serán familia para no quererse, para quererse, para hacerse falta y ese pedazo nunca, por ninguna circunstancia se lo podrán quitar.

En cambio la amistad es opcional, es el consentimiento mutuo de que nos caemos bien, que podemos conversar y reír largas horas en tertulias que pueden ser de tinto o pueden ser de tragos y que las discusiones, aunque se ganen, se empaten o se pierdan, siempre serán un motivo para vernos otra vez.

Pero las amistades son frágiles, se pueden romper con cualquier detalle, con indelicadezas, con maltratos, por diferencias políticas, o por muchas otras razones; por eso es necesario cultivarlas permanentemente, hacer de ellas un tesoro y siempre incluir el respeto y el amor en esas relaciones.

Cuando Villavicencio era pequeño, en la esquina del parque Los Libertadores (Parque Santander de ese entonces), al menos una vez a la semana nos saludábamos y hacíamos el inventario de los amigos y conocidos.

Cuando pasaba un tiempo y no veíamos alguna persona, comenzábamos a preguntar si algo había pasado: enfermedad, viajes, muerte, etc. etc. También todos éramos amigos o enemigos o familiares, teníamos información permanente de lo que estaba pasando en los matrimonios, en los noviazgos, en los desastres económicos y en la creación de fortunas, en las infrecuentes ocasiones en que una muchacha desaparecía por algún tiempo y regresaba con un sobrino.

Hoy en día nos enteramos por el periódico, por las noticias de radio o por WhatsApp de estos mismos hechos, pero sin el calor de la tertulia, de la información que pasaba de boca en boca y se adornaba.

Éramos todos nosotros, pero hoy en día ese Villavicencio está emigrando hacia los cementerios y la amistad queda plasmada en algunos recuerdos, algunas cartas, algún descendiente, que de pronto nos recuerda que su papá era nuestro amigo.

Así crecen las cosas y así desaparecen y así vamos creando familias, amistades, y también en la medida en que decimos bienvenidos a los nietos, estamos diciendo adiós a nuestros amigos y a nuestros recuerdos.

(*) Especialista en oficios varios.

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