Mi desorden

|   Opinion

A veces no puedo diferenciar entre el desorden-orden, y entre el desorden-desorden. Por: Jaime Eduardo Espinel Riveros (*)

 

Cualquier  persona que ha pasado por mi lugar de trabajo se dio cuenta de los diferentes montoncitos de documentos que había por toda la oficina, estos montoncitos estaban ubicados de una manera que yo pudiera encontrar lo que buscaba; estaba el montoncito de anteayer, el montecito de hace un mes, el montoncito que tenía que ver con el personal, el montoncito que tenía que ver con problemas que no quería resolver y otro obviamente de los que quería resolver.

Como parte de inducción de las nuevas aseadoras y secretarias que tenían que ver con mi oficina, les explicaba, esperando que me entendieran y la idea era levantar los montoncitos de papel con mucho cuidado, limpiar el polvo que existiera sobre la respectiva mesa y que volvieran a colocar estos documentos con mucho cuidado y en el orden que los habían levantado.

A ellas les prohibía absolutamente organizar este desorden-orden; porque las pocas veces que a alguien se le ocurrió hacerlo, yo duraba perdido en mi oficina durante un buen tiempo.

Cuando llegaban visitas de Bogotá, mi secretaria y la aseadora que estaban en ese momento, ya debidamente entrenadas, tomaban cada montoncito lo metían en un talego de basura y los guardaban en un lugar donde sabían que la visita no entraba, dejando así la oficina completamente limpia y organizada. Posteriormente tenían la habilidad de colocarlo todo en el mismo desorden-orden en que lo habían encontrado. Gracias a Dios por las personas inteligentes.

También es difícil con las personas que ayudan en mi casa, tengo que  convencerlas de que el hecho de que algo se vea mejor, o se vea organizado, no es una buena excusa para cambiar de lugar las cosas que habitualmente están donde yo las encuentre. Este yo diría que es el desorden-orden.

Como desorden-desorden, un ejemplo puede ser mi biblioteca. Libros de todos los tamaños, de todos los colores y de todos los temas, ubicación de estos libros donde de una manera general y milagrosa puedo encontrar algunos de ellos cuando los busco.

Otras veces, por ejemplo cuando me obsesiono con un tema o con un libro y no doy donde está, entonces viene la búsqueda de cada estante y de cada título hasta ubicarlo en algún lugar. Este proceso también se convierte en una aventura, de reconocer viejos amigos que había olvidado existían y que estaban perdidos en ese montón de títulos y de temas.

Alguna vez intente organizar ese desorden y apenas el 10% quedó debidamente clasificado, y el resto está esperando que termine la tarea porque quedaron en varios.

Compartí con varios amigos el temor de que esta columna fuera una reflexión personal y no muy relevante para los lectores. Sin embargo, opinaron que la idea de los montoncitos no es invención mía, que la idea de desorden-orden y desorden-desorden, no es nada original y que todo el mundo de una manera o de otra hace exactamente lo mismo.

(*) Especialista en oficios varios.

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