¿Arroz sin futuro?

|   Opinion

Por: Eudoro Álvarez Cohecha (*)

 

Comencemos por el principio, pues al señalar la competitividad como el aspecto central de la problemática agrícola y de la arrocera en particular, urge clarificar responsabilidades en esa materia, para arrancar sobre una base cierta en pro de un acuerdo que una los diferentes sectores de la actividad productiva rural.

La competitividad es el resultado de un ejercicio en donde cuenta la productividad por área, pero sin lugar a dudas la ecuación entre costos y ventas es lo que la define, principalmente. Los costos se generan dentro de los lotes de cultivo y otros se causan por fuera; en los primeros, la tecnología, el clima y la investigación son importantes y en el caso de arroz el elemento agua es fundamental.

Los que se generan fuera son aquellos en los cuales los agricultores poca o ninguna incidencia tienen en su determinación; el costo de los combustibles, el del transporte, los peajes, las pésimas vías terciarias y secundarias, el precio de los insumos sujetos al precio del petróleo o dela moneda colombiana frente al dólar, el alto costo del crédito,  los escasos recursos para investigación, la carencia de asistencia técnica calificada, los impuestos y contribuciones.

Hasta el ritmo de la economía nacional frente a la externa, son costos país, que conforman un total, sin cuyo análisis es aventurado habla de competitividad y recargar todo el peso de ella en los agricultores un desenfoque arbitrario ¿O es que se cree que el campesino escoge usar la rula en vez de la guadaña mecánica solo por inclinaciones perversas o culturales?

El factor de productividad es un elemento a tener en cuanta, pero no siempre es determinante de la competitividad; en el centro del país, la productividad por área es mayor que en la zona donde más se siembra arroz en la actualidad que es la Orinoquia, sin embargo la ventaja de esta última está determinada por los menores costos, incluyendo el de la tierra, más cuando la mayor parte de cultivo se realiza en tierras arrendadas ¿O la mayor pluviometría no influye en los costos diferenciales de las dos regiones?  ¿En la desigual tenencia de la tierra, heredada de los tiempos coloniales, también culpamos a los productores o hace parte de ese costo país al que se omite referirse?

Al hablar de competitividad dentro de la Comunidad Andina de Naciones (CAN), no se analizan situaciones como las actuales, en la que los arroces del Perú y el Ecuador resultan más costosos que los nacionales a pesar de  los costos país, que por ejemplo hacen que Ecuador tenga ACPM de un dólar, mientras en Colombia se pagan tres dólares por galón, o las vías en que cobra peajes 300% más baratos que en Colombia o las compras con precio de rescate a los productores, para luego ofrecer a menos precio esos mismos arroces en el mercado colombiano o el caso del Perú en donde el nivel de importaciones igualan a las exigencias de compra que se nos hace en la CAN ¿Sin mediar un análisis sobre la triangulación consecuente del análisis de tales cifras? Un factor que no manejan los productores de los tres países, como es el precio del dólar, determinan en buena medida la diferencia referida.

Dentro de los costos y su relación con la competitividad ¿No es necesario revisar y reformar la relación entre agricultores e industriales, en el momento de calificar y determinar la calidad del grano entregado? ¿O es que son insignificantes los menores precios de esta evaluación unilateral y tramposa con que son tratados los productores primarios en esta relación?

Monopsonio para comprar y monopolio para vender; la defensa del consumidor se esgrime solo cuando los bajos precios del arroz al consumidor son utilizados en cuanto en el horizonte aparecen competidores que atenten contra su posición dominante.

¿Qué decir de los subsidios, reseñados en estudio de la U. del Tolima, en donde los arroceros norteamericanos reciben en subsidios cuantiosas sumas que cubren entre el 30% y el 42% de sus costos? ¿No quedó pendiente un mecanismo de análisis de costos sin subsidios de los países que nos compiten?

Los Tratados de Libre Comercio (TLC) son el resultante de una política cuya secuela principal son los 14 millones de  toneladas de alimentos que compramos en el exterior, pudiendo producirse la mayoría de ellos en Colombia, cercenando así una cadena económica, no solo benéfica para agricultores y campesinos, sino para la sociedad en su conjunto y fruto de una política de estado que estamos en mora de rectificar.

Esos acuerdos siguen pendientes  de ser suficientemente evaluados, tanto los antiguos como los recientes y es tarea urgente de los eslabones de la cadena, incluyendo al gobierno nacional, pues las perspectivas, resultantes de lo pactado, no son muy distintas de las que sufrió el algodón, con que el vocero del monopolio molinero, pretende dictar cátedra sobre arroz, bastante mal informado o con el claro propósito de desinformar ¿O es con los reservorios de agua cubriremos la sed agónica generada por la mala política agropecuaria de los últimos  28 años?

Por lo visto hasta ahora y los hechos son tozudos, el gobierno de Duque y su ministro de Agricultura persistirán en sustituir el arroz colombiano por el extranjero, política que de no ser enfrentada y derrotada acabará con un cultivo influyente en el 20% de los municipios colombianos y de cuya actividad dependen directa o indirectamente más de 120.000 empleos.

Claro que es necesaria una reformulación de las políticas al interior, y las públicas del cultivo de arroz y de la agricultura en general, pero olvidarse de los factores determinantes de la crisis actual y de la que se profundizará de continuar con lo actual, es sencillamente buscar el ahogado aguas arriba. O dicho de otra manera, concluir que la enfermedad está en las sábanas.

(*) Dirigente agropecuario.

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