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Los ojos

#OPINIÓN – Por Jaime Eduardo Espinel Riveros (*)

Como comenté en alguna de mis columnas anteriores, no tengo una biblioteca, tengo una colección de libros que son reflejo de mi desorden, por ejemplo, la Biblia a veces aparece vecina a Henry Miller o Anais Nin (autores clásicos de literatura erótica); así como el Quijote puede tener como vecino una revista antigua de SOHO, aparecen libros de jardinería, cercanos autores que discuten como pastorear ganado o artículos sobre nuevos pastos que hay en el mercado; estos, a su vez, pueden estar vecinos de encíclica o algún libro sobre filosofía zen.

Colección de libros que me preocupa presentarla porque cualquiera que los revise desprevenidamente se dará cuenta de mis intimidades.

El tema son mis ojos, ojos que cuando estaban bien me permitieron gozar de todas las aventuras, personajes y hechos que se tratan en esta colección, lo cual también incluyen obviamente los tratados sobre pollos y lechería que son parte de mi profesión. Por razones médicas, en este momento abro un libro y las letras son borrosas, y eso me dificulta la lectura de libros físicos, convirtiendo la relación de placer que tenía con ellos en una imposibilidad.

Debido a que hace algún tiempo este agregado de hojas de papel sufrió un ataque de polilla, perdí mucho libro, aparecían llenos de gusanos, perforados por todas partes y completamente inservibles. Después de una lucha larga, logré salvar una buena cantidad.

Afortunadamente por este tiempo ya tenía el manejo de una tableta la cual me permite comprar en aplicaciones como ebooks de Amazon, Casa de Libros y otros que tan pronto se pagan, aparecen instantáneamente en el aparato, así evite la tristeza de la polilla y adicionalmente tuve la oportunidad de cargar este desorden a todas partes, gracias a la portabilidad de estos aparatos.

Como mi curiosidad es intermitente e infinita y esto me obliga a leer 4 o 5 libros a la vez, y me fue posible viajar con ellos sin tener que agregar peso a mi maleta.

Estas facilidades de lectura en la tableta son infinitas y se van descubriendo en la medida en que se necesitan, por ejemplo, la facilidad de agrandar la letra, establecer contrastes para leer con más claridad, el uso instantáneo del diccionario; facilidades que en estos momentos de dificultad de visión me permiten tener el placer de seguir descubriendo nuevos amigos.

De todas maneras, cada 6 meses voy religiosamente donde el oftalmólogo, temiendo siempre que me descubra alguna otra vaina, hasta ahora la felicidad es salir de la consulta sabiendo que las cosas no han empeorado, que la posibilidad de leer sigue vigente por otro rato más.

(*) Especialista en oficios varios.

Entrevistas y reportajes