Un día siendo ciego en Villavicencio

En un intento de vivir en carne propia por lo que pasan decenas de ciudadanos que no tienen visión, caminé por las calles del centro de Villavicencio con los ojos cerrados.

Lo que es una tarea fácil la mayor parte del tiempo, se me dificultó, pues además de no tener la agudeza para movilizarme, los huecos, desniveles e irregularidades en las calles y andenes hacen casi que obligatorio tener un acompañante que vea, con el fin de que evite que uno se caiga, se lesione o sea accidentado.

Y es que si usted, que con la vista “buena”, se enreda tratando de esquivar a los vendedores que se paran en la esquina o a las otras personas que caminan por las estrechas calles, no se imagina las ‘maromas’ peligrosas que se deben hacer cuando se está ciego. Sin contar que las piedras, palos, puntillas, vidrios o botellas tiradas sobre las vías publicas son otro dolor de cabeza, porque se entierran, lo cortan o lo resbala a uno. Ni hablar de cruzar de un lado a otro la vía, ya que, donde hay semáforos, no hay nada que advierta si está en verde o rojo, por lo que hay que: esperar a que no suene ni un vehículo para cruzar, lanzarse a su suerte o apelar a la solidaridad de algún ciudadano.

Es lamentable que una ciudad en crecimiento, no se le apunte a adecuar sus espacios para que sean más incluyentes para las personas con discapacidad que tienen el mismo derecho de transitar libremente como usted o yo.
Aún peor, con todos los estudios, avances y visibilidad que se le ha dado al tema, se siga haciendo edificaciones que no piensen en ellos. ¿Por qué como sociedad no hacemos construcciones que sean adecuadas, accesibles y cómodas para las personas con discapacidad, en lugar de esperar a que ellos vean como se las arreglan por si solos?, como si no hicieran parte de la ciudad o no merecieran disfrutar de los lugares que están “pensados para todos”.

En mi travesía tal vez no me di un ‘tiestazo’ porque me era sencillo abrir los ojos para agarrarme de algo, ver que era lo que me molestaba en los pies u observar el por qué no podía avanzar, sin embargo, la realidad es muy distinta para los invidentes que día a día se enfrentan a oscuras a un mundo que no le es seguro por ningún lado, pues no solo se tienen que enfrentar a los delincuentes al acecho, los conductores imprudentes, los animales agresivos, sino que también a los huecos, empujones, pisos resbalosos, desniveles, entre otros, que son inofensivos para nosotros pero que son peligrosos para ellos.

Por: Stiven Pérez – Periodista de Noticias de Villavicencio

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